sábado, 8 de septiembre de 2012

Cine a 1 euro cenando en Heron City


Para los que seáis de cena y cine, y os acople el horario entre semana, los martes del mes de septiembre, consumiendo un mínimo de 15 euros por persona en alguno de los restaurantes de Heron City a partir de las 20.00 horas, podréis adquirir vuestra entrada para los Kinepolis a un euro. Tenéis que canjear el  ticket por un vale para el cine, de 20.00 horas a 24.00 horas en Heron City, el mismo día de la consumición (con un límite de 300 entradas por martes). Los vales sirven de lunes a jueves, hasta la fecha de caducidad indicada en los mismos.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Los 6 James Bond


El canal temático Sky Movies 007, con motivo de su lanzamiento, celebra el 50 aniversario de James Bond emitiendo todas su películas de forma ininterrumpida. Y para promorcionar el evento, han hecho un montaje de vídeo en el que aparecen los seis intérpretes oficiales (Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig) en una misma persecución de coches. Se han utilizado fragmentos de "007 contra el Dr. No", "Al servicio secreto de Su Majestad", "La espía que me amó", "Alta tensión", "Goldeneye", "El mundo nunca es suficiente" y "Quantum of Solace". A ver que os parece. A mi me ha encantado como se miran Roger Moore y Pierce Brosnan.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Yvonne Blake


Yvonne Blake y Audrey Hepburn en el rodaje de "Robin y Marian" (1976)

La diseñadora de vestuario Yvonne Blake ha recibido el Premio Nacional de Cinematografía 2012, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, por "dedicar su actividad profesional al cine español con rigor, elegancia y creatividad". El fallo ha sido unánime y ha premiado "una profesión técnica imprescindible para la industria cinematográfica", según indica el comunicado del Ministerio. El galardón, dotado con 30.000 euros, está destinado a recompensar la aportación más sobresaliente en el ámbito cinematográfico español puesta de manifiesto preferentemente a través de una obra hecha pública durante 2011. 

Yo no tengo nada en contra de esta señora, a quien me parece genial que le den un premio, pero tampoco estaría mal que el premio fuese un reconocimiento sin aportación económica, dado como están las cosas en este país, y que hay galardones muy prestigiosos que no implican dotación monetaria para el ganador, sin ir más lejos los oscars.

¿Y quién es esta señora de apellido inglés a la que otorgan un premio relativo al ámbito cinematográfico español? Yvonne Blake, que nació en Manchester en 1938, pero es española, ha vestido a gente como Marlon Brando, Audrey Hepburn, Ava Gardner, Robert de Niro, Sean Connery o Elisabeth Taylor. 

Comenzó trabajando en la casa Bermans, donde diseñaba desde modelos para las películas de terror de la Hammer hasta vestuario para Margaret Rutherford. Con 22 años realizó su primer vestuario para una película: "La Venus de la ira" (1955), de Daniel Mann, en la que vistió a Sofia Loren.

Ganó un oscar por “Nicolás y Alejandra” (1971) de Franklin J. Schaffner y fue nominada “Los cuatro mosqueteros” (1975) de Richard Lester. Ha participado en películas como “Fahrenheit 451” (1966), “Jesucristo Superstar” (1973), “Robin y Marian” (1976), “Superman” (1978) de Richard Donner o “Los señores del acero” (1985) de  Paul Verhoeven

En nuestro país, ha ganado cuatro Goyas por “Remando al viento” de Gonzalo Suárez, “Canción de cuna” de José Luis Garci, “Carmen” de Vicente Aranda y “El Puente de San Luis Rey” de Mary McGuckian.

Como dato curioso, destacar que cuando trabajó en la adaptación cinematográfica de “Superman” tuvo bastantes problemas con la tela del traje de Christopher Reeve, porque al ser fibra no transpirable y coincidir con el color de la pantalla azul para los efectos especiales, tuvo que hacer muchísimas pruebas hasta encontrar el tono exacto que solucionase el problema. De hecho, una escena en la que Superman debía pasar por una zona con llamas, se eliminó del montaje final porque no consiguió evitar que se le marcasen cercos de sudor en las axilas, dado que la tela no transpiraba, y se supone que Superman no suda.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Michael Clarke Duncan



Tom Hanks y Michael Clarke Duncan en "La milla verde" (1999)

 
"Tengo ganas de que acabe todo esto de verdad, estoy cansado jefe, cansado de recorrer el mundo solo como un gorrión bajo la lluvia, cansado de no tener un amigo con quien estar, que me diga donde vamos, con quien venimos y por qué. Cansado de las personas que son feas con las otras, estoy cansado del dolor que siento yo y oigo por el mundo cada día, hay demasiado dolor, son como trozos de cristal por mi cabeza, que no puedo quitarme, ¿Puedes entenderlo? "

Son palabras de John Coffey al jefe Paul Edgecomb (Tom Hanks) en “La milla verde” (1999), la película de Frank Darabont basada en el relato de Stephen King, “El pasillo de la muerte”. Michael Clarke Duncan, el actor que interpretó a John Coffey, nos dejó ayer víctima de un infarto.

Clarke tenía un tamaño impresionante (1,92 metros y 130 kilos), lo que le proporcionó un papel secundario en Armageddon (1998), en el que interpretaba a uno de los perforadores petroleros de Bruce Willis. Cuentan que hizo mucha amistad con él, hasta el extremo de que Willis le consiguió el papel de Coffey en “La milla verde”, por la que ganó el oscar al mejor actor de reparto. En mi opinión, lo mejor de la película, en la que comparte estrellato con Tom Hanks, un actor para mi gusto supravalorado y al que encuentro más soso que una mata de acelgas desde que dejó de hacer comedias y se volvió un actor "serio".

Desde el principio de su carrera, Clarke ha trabajado como doblador de películas de animación para Disney (“Hermano oso”), Padre de familia y DreamWorks (“Kung Fu Panda”). De hecho, su último trabajo fue el doblaje de Kilowog en “Green Lantern” (2011).

También apareció en varias comedias como Falsas apariencias” (2000), Pasado de vueltas” (2006) y Escuela de pringaos” (2006); y en bastantes películas de ficción como “Daredevil” (2003),El planeta de los simios” (2001),Sin City” (2005) o” La isla” (2005), siendo el candidato ideal para papeles de tipos gigantones y fuertes, pero con los que siempre logró transmitirnos algo.

martes, 4 de septiembre de 2012

Canciones de cine: Pop! goes my heart

Scott Porter y Hugh Grant en "Tú la letra y yo la música"

No, no me refiero a bandas sonoras, eso que según dice la Streisand en "El amor tiene dos caras" sube de volumen cuando la gente se besa en las películas, para que nos lo creamos. Me refiero a canciones que se interpretan en una película. A veces son versiones de canciones previas y a veces se componen adrede para la película, pero en cualquier caso, quedan irremediablemente ligadas a ella.

Este último es el caso de la que nos ocupa hoy: está compuesta específicamente para la película "Tú la letra y yo la música" (2007) de Marc Lawrence, protagonizada por Hugh Grant y Drew Barrymore. Se trata de una comedia romántica que se queda un poco a medio camino de todo, porque ni es especialmente comedia ni profundamente romántica. La historia trata de un duo de música pop de los 80 llamado Pop!, que se disuelve, triunfando uno de sus miembros en solitario, mientras que el otro, Alex Fletcher, interpretado por Hugh Grant, termina actuando en remembers para cuarentonas que fueron fans del grupo a los 15. Vamos, lo que viene a traducirse en una parodia de la historia Wham en la que Hugh Grant sería Andrew Ridgeley, el compañero de George Michael del que nadie recuerda el nombre (yo sí, pero vamos, la mayoría de la gente, no). Esta parte del argumento es la que da lugar a las escenas más cómicas de la película, la mayoría de ellas de la mano de Kristen Johnson, que interpreta a la hermana de Drew Barrymore, fanática de Hugh Grant desde la adolescencia. 
 
Fletcher está preparando su retorno a la fama, componiendo para la estrella juvenil del momento, pero, acostumbrado a hacer las canciones con la ayuda de su ex-compañero, está en pleno parón creativo. Hasta que por casualidad, la chica que sustituye a su jardinera, Drew Barrymore, empieza a ayudarle con las letras. Como es lo normal en estos casos, el roce hace el cariño y además de encontrar letrista, encuentra pareja. La idea tiene su encanto, pero la improbable pareja Grant-Barrymore no termina de cuajar y el guión se va diluyendo hasta un final que deja un poco frío. Resulta una película entretenida, que se deja ver, aunque no os esperéis una maravilla.

Pero por los tres primeros minutos de la película, vale la pena que le deis un vistazo. La película comienza con el video musical del mayor éxito del grupo, la canción "Pop! goes my heart" compuesta por Andrew Wyatt para la ocasión. Se trata de una parodia de los vídeos musicales de los 80, con la típica canción tontorrona y pegadiza, de esas que se te quedan en la mente al salir del cine, sin que puedas evitar tararearla. Visualmente recuerda a Wham, pero sobretodo a Spandau Ballet, Duran Duran o incluso Aha. No se trata tanto del recurso fácil de la nostalgia, como de la capacidad para reirse de uno mismo. Que falta nos hace a todos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Reestrenos a 3 euros en Cines Yelmo



Pues eso, que el cine se ha puesto a unos precios que da miedo y hay que buscarse la vida para poder seguir viendo películas en pantalla grande (que están hechas para eso) y sin tener que empeñar un riñón. En esa línea, los Cines Yelmo de Valencia (Avenida de Tirso de Molina) van a empezar a reponer títulos a 3 euros la entrada. Aquí tenéis la programación para septiembre, por si os puede interesar.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Yvonne De Carlo

Burt Lancaster e Yvonne De Carlo en "El abrazo de la muerte" (1949)
 

Ayer hizo 90 años que nació Yvonne De Carlo. Por desgracia, nos dejó en 2007. De Carlo, aunque nacionalizada estadounidense, nació en Vancouver, Canadá.  Se crió en su familia con graves dificultades económicas, dado que su padre abandonó a su madre y a ella cuando tenía 3 años. Su madre se empleó como camarera para mantener la economía familiar, y poder pagarle la escuela de baile e interpretación a su hija, a la que presentó a numerosos castings en Hollywood a finales de los años 30. No tuvo mucha suerte hasta que en 1940 fue elegida Miss Venice Beach y la Paramount le ofreció un contrato, cambiando su apellido (Middleton) por el de soltera de su madre. Se dice que Paramount contrató a Yvonne, porque le recordaba a su estrella del momento, Dorothy Lamour, a querían advertir de que podía ser reemplazada si le daba problemas al estudio.

Tras intervenir en una veintena de películas, en cuyos créditos ni siquiera, y después de papeles secundarios en “Ruta a Marruecos” (1942) y “¿Por quién doblan las campanas?” (1943), la gran oportunidad le llegó con el papel protagonista de “Salomé, la embrujadora” (1945), una sátira ambientada en el Oeste sobre el mito de las espías que se valen de sus encantos para lograr información. A partir de ahí, su aspecto relativamente exótico la llevaría a protagonizar películas de ambientación oriental, de aventuras y westerns. Apareció en “El abrazo de la muerte” (1949) con Burt Lancaster, “El halcón del desierto” (1950) junto a Rock Hudson o “La esclava libre” (1957) compartiendo cartel con Clark Gable y Sidney Poitier. En algunas de sus películas mostró además su talento como bailarina y cantante, como en “El paraíso del capitán” (1953)  convenció al director para que Alec Guinness bailara el mambo, haciendo ella  misma de  instructora.

Su papel más importante fue el de Séfora, la esposa de Moisés, en “Los diez mandamientos” (1956) de cecil B. DeMille, junto a Charlton Heston, Yul Brynner y Edward G. Robinson.  Cuentan que durante los castings para “Los diez mandamientos”, se sugirió para el papel de Nefertari a Audrey Hepburn y a Anne Baxter para el de Séfora. Pero Audrey fue rechazada por ser demasiada "plana de pecho" y el papel de Nefertari se le dio a Baxter, por lo que DeMille, que vio a Yvonne  en “Sombrero” (1953), le ofreció el papel vacante.

Además de filmar en los Estudios Paramount, Yvonne acompañó a DeMille y al resto del equipo a Egipto, donde se filmaban varias escenas exteriores, donde conoció a Robert Drew Morgan, un doble, con quien se casó en 1955.

En 1962 durante la filmación de una escena peligrosa en un tren en movimiento para “La conquista del Oeste”, Morgan cayó bajo las ruedas y perdió una pierna. Yvonne decidió entonces abandonar su trabajo para cuidar de su marido. 

El estudio no se responsabilizó y se negó a indemnizarlo, y pasaron graves dificultades económicas por los gastos médicos. Para paliar la situación, Yvonne decidió retomar su profesión y aceptar un papel en una serie de televisión que preparaba la CBS, de tintes góticos y rodada en blanco y negro: "La familia Monster". 

Aunque solamente duró dos temporadas, entre septiembre de 1964 y mayo de 1966, “La familia Monster”, que mostraba la vida de una peculiar y divertida familia de apariencia terrorífica en una mansión gótica, se convirtió en una serie de culto para varias generaciones y aportó a Yvonne mayor popularidad que todos sus papeles cinematográficos juntos. Gracias a la vampiresa Lily Monster, con sus mechones de pelo blanco sobre su melena negra, su maquillaje exagerado y su atuendo de inspiración oriental, Yvonne pasó a formar parte del imaginario colectivo. ¿Quién no recuerda su inolvidable forma de abrir la puerta de la mansión de los Monster?


Yvonne De Carlo y Fred Gwynne en "La familia Monster"

sábado, 1 de septiembre de 2012

Cineclub: Un lugar en el mundo



“Los lugares son, para mí, que he vivido de un lado para otro cambiando países y cambiando casas, relativamente importantes. La identidad está en la profesión y en poder ejercerla. El lugar no da identidad, da tranquilidad, quietud, protección: te inmoviliza si se valora demasiado. En “Un lugar en el mundo”, Luppi decía que uno sabe que ha encontrado su lugar cuando no se puede ir de ese lugar. Pero yo no estoy de acuerdo. Mientras te domine la voluntad de la acción, mientras puedas hacer lo que sabés y te gusta, y puedas vivir de eso, tu lugar es el lugar en el que te lo reconozcan y te paguen, y te dejen llevar a tu familia. Ese es para mí el único lugar irremplazable. La mujer que uno quiere y que te quiere. El resto es puro decorado. Más agradable o menos agradable. Nada más.”

No, desgraciadamente, esta parrafada tampoco es mía. Forma parte de una entrevista a Adolfo Aristarain, director y guionista de “Un lugar en el mundo”. Se cumplen ahora 20 años desde que “Un lugar en el mundo” se llevó la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, y volviéndola a ver, resulta tan actual como siempre. Quizás, porque los protagonistas, son un grupo de perdedores que recuerdan tiempo pasados, sin resignarse a mejorar el presente, y de esos, no nos vendrían mal algunos cuantos ahora.

“Un lugar en el mundo” comienza con el regreso de Ernesto (Gastón Batyi), un joven estudiante de medicina, al escenario de su infancia, aunque reconozca de antemano “que no tiene sentido volver a un sitio que no existe”. Eso siempre me ha recordado a mi profesor de “Desarrollo económico y cambio tecnológico”, que nos decía que aunque volviésemos atrás a nivel tecnológico y de desarrollo social (esto os aseguro que sonaba muy a futuro distópico en 1997, pero hoy día suena terriblemente posible), el mundo no volvería a ser como era antes, porque el ser humano ya no sería el mismo que era. Y de la misma forma, Ernesto insiste hablando con la tumba de su padre muerto:”A lo mejor vine para acordarme bien de todo lo que pasó aquel invierno. Me gustaría conocer tu versión. Yo conozco sólo parte de la historia. Algunas cosas las ví, otras las escuché, o las espié. A lo mejor vine porque me di cuenta de que se me estaban borrando y me dio bronca. No se puede ser tan imbécil. Hay cosas de las que uno no puede olvidarse, no tiene que olvidarse, aunque duelan”.


A partir de ahí la película es un flash-back, en el que vemos a Ernesto con 12 años y a sus padres, Mario (Federico Luppi) que es maestro rural y a su madre Ana (Cecilia Roth) que es médico, ambos militantes de la resistencia peronista, que durante la dictadura militar vivieron en España unos años, pero que antes la alternativa de vivir como turistas en Madrid o vegetar como profesionales de clase media en Buenos Aires, optaron por invertir sus ahorros en una cooperativa que protegiera los intereses de los ovejeros del Valle Bermejo. Colabora con ellos Nelda (Leonor Benedetto), una monja con un estilo muy suyo, que prescinde del hábito porque la distancia de sus feligreses. Para terminar de formar el cocktail de personalidades, aparece Hans (José Sacristán) un geólogo madrileño que llega al pueblo de San Luis contratado por el terrateniente Andrada (Rodolfo Ranni) para buscar petróleo en sus campos.

Dicho así suena a discurso político y sé que a muchos no os va a llamar la película de entrada por eso. Pero “Un lugar en el mundo” no es tanto una historia de la lucha de clases, como una oda a las causas perdidas, la entereza, la lealtad y por qué no, la amistad. 

Con diálogos ágiles, planos sobrios y miradas elocuentes, “Un  lugar en el mundo” tiene mucho de western de John Ford, al que Aristarain admira profundamente. Aristarain dice que “Ford es admirable por todo, por su filosofía, por su amor por los personajes, por su increíble destreza para sugerir con acciones los sentimientos, por no ser sentimentaloide, por el humor y por cómo mezcla humor grueso en situaciones dramáticas”. Como “Un lugar en el mundo”. Un western actual, ambientado al sur de Río Grande (de hecho, muy al sur de Buenos Aires), en el que el forastero interpreta un papel que no tenía previsto adoptar, pero al que se ve abocado porque nunca es tarde para intentar hacer lo correcto.

Hans es un cínico de vueltas de todo, escéptico y desilusionado, que aunque originariamente se consideraba anarquista (“Descubrí mi vocación tirando piedras contras la policía de Franco), acabó desengañado de luchas e idealismos (“Yo soy geólogo, no Jesucristo) y considera al hombre el peor de sus enemigos (“nada nos divierte tanto como aplastar la cabeza del que tenemos al lado, y comérnosla con ajo y perejil, eso sí, para que resulte hasta civilizado”). Pero a pesar de ello, termina conectando con este grupo presa de un “idealismo acojonante”, sobretodo con Mario, del que le dice a Ana durante una borrachera: “Borracho o vencido, un frontera nunca pierde su dignidad. No le dejes sólo. Te quiere mucho. Y yo también. Os quiero”.

Pero la esperanza es una puta vestida de verde, y como siempre, se va con otro. A Nelda la trasladan por unos informes negativos del párroco que la acusan de ser “anarquista, apóstata y anticlerical”; Mario, en un acto desesperado, prende fuego a la lana de la cooperativa para evitar que se la vendan al especulador Andrada, para que “sin un carajo que perder” tengan que empezar de nuevo; y Hans, terminada su labor, vuelve a Madrid. 

Al final, la acción vuelve al presente, con el Ernesto adulto, un adulto a quien estos personajes contribuyeron a moldear como tal, que le dice a su padre: “Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber donde está su lugar. Yo por ahora no lo tengo. Supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir. Supongo que es así. Ya va a aparecer. Todavía tengo tiempo de encontrarlo”.